Su inseguridad se convierte en una obsesión: desea vivir una experiencia amorosa, pero solo con alguien que le inspire verdadera confianza y no la abandone. Un domingo por la tarde conoce a un hombre en el autobús, quien se muestra atento y cariñoso con su sobrino. La sencillez y ternura del desconocido despiertan en Valentina la sensación de haber encontrado a alguien especial, y acepta invitarlo a tomar un café, iniciando así una posible historia diferente...
Aquel lugar donde entraron a tomar café olía a vainilla y a café recién hecho. Valentina pidió dos cortados y una bolsita de pastas, mientras él acomodaba al chico en una silla, todavía dormido, con una naturalidad que le resultó extrañamente familiar. No parecía incómodo, ni apurado, ni con esa ansiedad nerviosa que ella había aprendido a reconocer en otros hombres.
—Se duerme fácil —dijo él en voz baja—. Debe haber sido un gran día.
—Sí, el circo lo deja agotado —respondió Valentina, sonriendo—. Yo también estaría así si pudiera dormir en cualquier parte.
Él se reía despacio. Tenía una risa tranquila, sin exageraciones. Se sentaron frente a frente, separados apenas por la mesa pequeña y el vapor del café. Hablaron de cosas simples: del barrio, del trabajo, de los domingos que parecen hechos para poder demorarse. Valentina se sorprendió hablando más de lo habitual, sin calcular cada palabra, sin vigilar tanto sus gestos.
En algún momento Ella le preguntó por el sobrino, por la familia, y escuchó con atención genuina, sin interrumpirlo. Valentina sintió algo que hacía tiempo no sentía: no la estaban evaluando, no la estaban mirando como un cuerpo, sino como una persona completa.
Cuando se levantaron para irse, la llovizna había cesado. Él volvió a cargar al chico, que apenas se movió, y caminaron juntos hasta la esquina. Antes de despedirse, él dudó un instante.
—Me llamo Martín —dijo—. Si alguna vez quiere otro café… sin circo de por medio.
Valentina sintió el impulso inmediato de decir que sí, y por primera vez no la frenó el miedo. Anotó su número en una servilleta de papel del local y se lo dio.
—Yo soy Valentina —respondió—. Y me gustaría...
Mientras lo veía alejarse, con su sobrino todavía dormido en brazos, Valentina pensó que tal vez no todas las historias tenían que empezar con valentía. Algunas comenzaban simplemente con confianza, paso a paso, como aprender a caminar sin mirar tanto los defectos, y sí un poco más al camino que se abría delante...




